Te escucho. De alguna forma me estás llamando, pero estamos
lejos. Demasiado lejos. Es ya de noche, y está todo en silencio. Tan sólo se
escucha la lluvia, fuerte e imparable afuera. Estoy completamente sola en casa
y me estoy empezando a poner melancólica. Te recuerdo. Voy a la cocina busco en
mi rincón secreto y cojo mis Kinder Country. Sé que no puedo porque es volver a
saborear la felicidad, pero esto es una emergencia. Es curioso como algunos
sabores nos traen bellos recuerdos de la memoria. Y en mi memoria parece que sólo estas tú.
Despacio, con mis pasos irregulares, como si siguiera una melodía que nadie puede
oír más que yo, me dirijo a la ventana, y apoyo mi cabeza en ella mirando al
cielo, para ver si encuentro una estrella fugaz a la cual pedir mí último deseo.
Pero ya no hay estrellas. Como un acto reflejo dirijo la mirada hacia la calle.
No se oye ni un solo ruido, no se ve ni a una sola persona. Mi mano toca el
cristal, esta frio como mi cuerpo y saboreo la ultima pastilla de mi
chocolatina con el corazón abierto para que me endulce el sueño y pidiendo al
cielo que ojala vuelva a sonreír de nuevo.
