Había una vez una princesa. No era una princesa al uso porque está princesa no tenía cuento. La princesa veía con tristeza como las demás princesas Balncanieves, la Bella durmiente, la Cenicienta se les había dado un cuento, el cuento que tanto ella deseaba, con su príncipe y su “vivieron felices”.
La princesa soñaba noche tras noche con tener su cuento, su príncipe y su final feliz, no le importaba que dentro de su cuento hubiera brujas o hadas malvadas, hermanastras celosas, frutas envenenadas o príncipes que no fueran guapos, con tal de tener su cuento lo aceptaría todo. Los días fueron pasando y toda la vitalidad de la princesa se fue lentamente. La princesa comenzó a estar mas cansada de lo habitual, comía un poco menos cada día, levantarse de la cama le costaba un poco más, y ya no salía a jugar. Y así fue pasando el tiempo, día tras día, pero la princesa no se desanimaba, no perdía la esperanza porque en su enorme corazón deseaba con todas las fuerzas tener su cuento y no se rendía.
Por las mañanas cuando la princesa se levantaba iba a mirarse al espejo, una princesa siempre tiene que estar preparada para cuando llegue su cuento se decía la princesa y el espejo le regalaba su mejor imagen, la imagen de una chica joven, radiante, bella y llena de juventud, pero sin embargo la princesa desconocía que ese reflejo ya no era el suyo, era el reflejo que había querido guardar sus ojos, el reflejo de una joven princesita deseosa de un cuento. Ahora la princesa era una viejecita adorable, con la cara llena de arrugas, con la espalda curvada y el vestido roído por el paso del tiempo esperando la llegada de su cuento.
