Hay una leyenda que cuenta Platón en su obra maestra el “Banquete” y que la cuenta muy bien, que antiguamente el hombre tenía una cabeza, cuatro brazos, cuatro piernas, dos sexos, diferentes éstos, uno femenino y otro masculino, dos rostros completamente iguales, pero uno de hombre y otro de mujer, eran conocidos como los andrógenos, la palabra que viene del griego que significa, hombre-mujer, aquí lo podemos definir como hermafrodita. Zeus tenía miedo, tenía un cierto recelo a estos seres porque veía que tales cuerpos resultaban muy vigorosos y éstos concibieron la idea de combatir a los dioses. Zeus, entonces, pensó un medio para debilitar a los seres humanos: dividirlos en dos. Desde entonces los humanos tuvieron que caminar sólo con dos piernas. Hecha esta división, cada mitad hace esfuerzos para encontrar a su otra mitad.
Buscamos incansablemente a nuestra alma gemela, buscamos a aquella persona que estaba unida a nosotros, buscamos inconscientemente en miles de cuerpos, en miles de noches, en miles de besos para percibir esa vibración que nos hará adivinar que es él o ella la que andamos buscando. Pero atención debemos de tener cuidado, ya que no siempre funciona y podemos no percibir a nuestra media-naranja y seguir buscando.
Hay algunos afortunados, que la encuentra y viven felices por el resto de sus vidas y hay otros que buscarán durante toda su vida, a no ser que se cansen antes y elijan a alguien que encaja más o menos bien por no estar solos, porque mi conclusión es que nosotros no hemos nacidos para estar solos.
Hay alguien que está ahí, ahí para ti, para mí, para él… y te busca como tú le buscas.